Copipego:
"Hechos:
Alrededor de las 19.45 hs. del día miércoles 11 de noviembre, me encontraba junto a otras varios compañeros y compañeras más en una asamblea en el barrio Güemes, donde estábamos definiendo los pasos a seguir para denunciar los reiterados abusos policiales que estaban sufriendo varios vecinos y vecinas. Mientras la mayoría nos encontrábamos en el terreno donde se está construyendo el centro comunitario, dos compañeros estaban afuera arreglando una bicicleta. En la asamblea se decide que busquemos una computadora para escribir un volante, entonces salimos dos compañeros a buscar una computadora portátil, mientras un tercero sale junto a nosotros rumbo al quiosco a comprar pilas para grabar unos audios, ya que el compañero trabaja de periodista en un radio.
En el momento en que salimos, un móvil que venía por la calle Laprida en sentido oeste-este, nos cruza el auto subiendo su rueda delantera izquierda a la vereda. Del mismo descienden dos policías que, de manera violenta y prepotente nos ordenan ponernos contra la pared a todos, con las piernas abiertas y las manos contra la pared. En ese momento, todos los compañeros obedecen y lo hacen, mientras que yo, en mi carácter de abogado, trato de dialogar con los policías. Me presento, doy mi nombre y les digo que soy abogado, les pregunto de manera muy tranquila, la razón del operativo (es importante señalar que seguían llegando móviles), y ante el mal trato que estábamos recibiendo, les pido que se identifiquen a los dos oficiales que primero bajaron. Aunque parezca lo contrario, dado lo tenso de la situación, el diálogo que yo estaba intentando realizar era muy tranquilo. Es importante destacar, que desde hace 3 años soy abogado de la Coordinadora Antirrepresiva por los Derechos Humanos, y eso implica que he tenido que lidiar con estas situaciones varias decenas de veces, y tengo bien claro que no es con gritos ni con malos tratos como mejor se solucionan estos problemas de abuso. Con esto quiero que quede bien en claro que en ningún momento se agredió a ningún oficial o móvil policial, y que en todo momento el intento fue el de tener un diálogo tranquilo, firme ante el atropello a derechos constitucionales básicos, pero tranquilo.
El policía insistía en que obedeciera y me callara, gritándome que él no tenía nada que responderme, que quién me creía yo para pedir sus nombres, a medida que iba elevando su voz. En determinado momento, ambos oficiales del móvil 5285, estaban gritándome, y en el momento en que le dije que me iba a poner contra la pared si me decían la razón, uno de los oficiales, directamente me respondió con un golpe en el pecho, sacó el palo telescópico y me propinó otro golpe, esta vez en la mano derecha. A esta altura ya había numerosos testigos que pueden dar fe de lo descrito, no sólo compañeros y compañeras de la organización, sino vecinos y vecinas que iban saliendo de sus casas. El número de móviles a esta altura era de 4. En ese momento, ante lo tenso que se había vuelto la situación, decido acceder a ponerme contra la pared. Así trascurren los minutos sin que los policías hagan nada, mientras más y más gente se juntaba a observar lo que sucedía. En ese momento, me volteo para decirle que por qué no procedía a la revisación si era un control de rutina. La respuesta que recibo, es que ellos lo harían cuando quisieran, que era su operativo y no el mío. Le respondo que si quiere revisarnos que lo haga y nos deje ir. Ante esto, se acerca el oficial y me empieza a decir que abra las piernas, a medida que me pateaba cada vez más fuerte los tobillos y piernas y me apretaba en cuello con la mano. Cuando ya no podía sostenerme en pie si seguía abriendo las piernas, me ordenó que saque las manos de la pared, lo que implicaba que me cayera al suelo. Como le dije que no podía, me las sacó él, haciendo que me vaya de frente contra el portón de metal sobre el que estaba apoyado, y comenzó a retorcerme la mano izquierda hasta inmovilizarme, otro oficial me tomó la mano derecha y en un momento tenía puestas las esposas de manera invertida, como suelen hacer para lastimar a los detenidos. Ahí comenzaron a pegarme en la espalda y la cabeza, mientras me llevaban hacia el móvil.
En ese momento, comienzan a intentar llevarse a más compañeros y se genera un tumulto donde los agentes policiales comienzan a pegar a diestra y siniestra, y comienza una caza de brujas, en ese preciso momento llega un quinto móvil, de donde descienden 2 agentes, uno de los cuales comienza a disparar, realizando 2 disparos al aire y luego 2 contra el portón donde se encontraban los compañeros y compañeras. El número de los móviles intervinientes en el operativo fueron: 5285, 5497, 5406, 5503 y 5299, y tenemos en nuestro poder los cartuchos de los disparos. A todo esto, a mi me estaban “ingresando” al móvil 5285, mientras el oficial me insultaba y me decía “agachá la cabeza que te vas a golpear”, y me levantaba la cabeza y me la daba contra el borde del marco del automóvil, para repetirme nuevamente “te dije, que agaches la cabeza que te ibas a golpear” y volvía a repetir la operación, tres veces igual. Una vez arriba del móvil, me comienza a dar rodillazos en el costado derecho de las costillas. Al instante, veo que entran al terreno y sustraen desde ahí a otro compañero, a Martín Gómez, y lo ingresan al móvil en que yo estaba con el mismo procedimiento de golpes en el marco del móvil policial. En otro móvil suben a dos compañeros más.
Mientras todo sucedía, el oficial que me había golpeado me decía “ahora sos mío, vamos a ver si sos leoncito ahora, putito, vas a aprender quien manda acá”, “quién mierda te pensás que sos”, “ahora vas a ver putito”, “abogado de derechos humanos, te voy a dar, a mi qué mierda me importa eso, acá mando yo hijo de puta”. Entre muchos otros insultos.
En el momento en que el oficial sube al móvil, lo hace golpeándome e insultándome. En el camino por Laprida hacia la comisaría décima, fue todo el camino, una vez que cruzó Cañada, despacio y con una mano sostenía el volante y con la mano derecha me golpeaba en la cabeza y seguía repitiendo las mismas frases. Yo todavía con cierta tranquilidad le dije “maestro, lo único que te dije es que soy abogado y estoy defendiendo mis derechos” ante lo cual la respuesta fue “quién te dio confianza para decirme maestro, ¿ahora sos mi amigo? Putito” y comenzó a golpearme más fuerte aún. Mientras me decía que ahora iba a aprender, que él mandaba en la calle, “abogado de derechos humanos, te voy a dar a vos, qué mierda me importa, putito, ahora vamos a ver quién es macho, a ver si sos leoncito”. Todo el camino fue golpeándome en la nuca, el cuello y la cara a golpe de puños. Una vez en la comisaría, bajó, dio la vuelta y me abrió para que bajara y comenzó a darme rodillazos en la cara, costillas, brazo, todo del lado derecho. Me bajó y en la misma vereda me propinó algunos rodillazos más en el estómago, y me entró rápido camino a las celdas.
En lugar de dejarnos en las celdas, a los cuatro nos metieron en una salita que está ubicada a mano derecha previa a la celda y ahí comenzó una golpiza, que según pudimos reconstruir después, duró aproximadamente, entre 30 y 40 minutos, momento en que algunos compañeros, compañeras y vecinos se hicieron presentes en la comisaría. En ese tiempo, recibimos golpes y amenazas, sobre todo del oficial que realizó la detención, mientras otros 6 policías miraban callados la golpiza y las amenazas. Sobre todo a Martín y a mí, nos golpeó sin parar todo ese tiempo. En mi caso recibí golpes de puño en la cara, en la nuca, en la cabeza, en la espalda y en las costillas. Insultos y amenazas de todo tipo. Me preguntaba “¿qué vas a hacer la próxima vez que un oficial te de una orden? ¿vas a abrir la boca o vas a obedecer?”, como yo no contestaba, comenzaba otra secuencia interminable de golpes de todo tipo, “respondeme putito, ¡¿vas a obedecer?!” y volvían las piñas, “¡¿vas a obedecer, si o no?!”, y cuando le dije un escueto sí, me dijo, “ahhh, viste como la gente aprende así, viste quién manda”. Cada vez que dejaba de pegarme a mí, se iba a pegarle a algún otro compañero, ante lo cual yo levantaba la vista y me volteaba, lo que implicaba que me mirara y dijera, “¡¿qué mirás puto?!, quién te dijo que mirés”, momento en que volvía rápidamente a golpearme. En una de esas veces, me dijo “¡¿querés mirar?!, ¡date vuelta entonces!” y me puso frente a él, me agarró la mandíbula y me decía “¿querés mirar?, bueno, mirá, mirá bien esta carita, recordala, porque cuando me cruces en la calle voy a ver si aprendiste, vas a ver ahí quien manda, vos andás por la zona y yo también, acordate bien esta carita porque te voy a recordar quién manda cada vez que te cruce”, y cuando terminó de decir eso me tiró un cabezazo a la nariz, yo me retiré para atrás, razón por la que erró el cabezazo, lo que lo hizo enfurecer más, me trajo de la remera y comenzó a golpearme con rodillazos al estómago y trompadas a la cara, cabeza y nuca.
Me volvían a “mi lugar” frente a un pueblecito roto de madera de pino, y cada 5 o 10 minutos, estimo, venía algún oficial y me apretaba más las esposas y me decía “¿así está bien?”, hasta el punto que ya no podían apretarla más, y por eso todas las marcas y moretones en las muñecas. Mientras a Martín Gómez, que lo tenía en un rincón que se forma entre una heladera y la pared, le dijeron que se desnude entre medio de golpes, y a ambos, nos daban la cabeza contra la pared. Así nos tuvieron un buen rato, hasta que en un momento lo retiraron al oficial, y vino el sargento a pedirnos nuestras pertenencias, los cordones, y demás y nos preguntó qué estudiábamos. “¿Por qué generan esto chicos?” nos atinó a decir, ante lo que explicamos que no hicimos más que preguntar por sus nombres y la razón del operativo.
Ahí nos entraron a la misma celda a los dos menores y a los dos mayores, todos juntos, durante un rato largo, mientras ya desde afuera se escuchaban los bombos y cánticos de los compañeros y compañeras, momento en que entendimos por qué habían dejado de pegarnos. Una vez en la celda, cuando me tomaban los datos, un policía se acerca y me dice, “¿de donde sos vos?” a lo que respondo que de Córdoba, pero me había criado en Río Gallegos, entonces me responde “mirá, la policía de Córdoba somos distinta al del resto del país ¿entendés? Acá hay cosas que no funcionan, acá la cosa es distinta, aprendelo”.
Luego de eso, ya con mucha gente en la calle y varios abogados y abogadas presentes, profesores de la Universidad Nacional y Universidad Católica de Córdoba en las que soy parte de cátedras desde hace 3 años, algunos y algunas legisladores de distintos bloques, periodistas de varios medios y gente de las secretarias de derechos humanos de provincia y municipio, los tratos cambiaron, la prepotencia dejo paso a las explicaciones y al trato tranquilo.
Los nervios entre los policías fueron subiendo, y ya comenzaron a gritarse entre ellos. A todo esto, el oficial que más nos había golpeado se había retirado al poco tiempo en que lo sacaron de donde nos estaba pegando. Cada tanto venía un policía y nos decía algo “¿a quién tenemos preso acá, al porteño Luci que hay tanto abogados?”, “¿quienés son ustedes que hay tanta gente?”, y expresiones por el estilo.
El comisario frente a abogados quiso decir que los malos tratos habían sido fuera de la comisaría ante lo cual nosotros le aclaramos que era mentira, lo que excusó diciendo que él no estaba, pero que desde que él había llegado no había habido más malos tratos. Luego el jefe de distrito dijo por teléfono que nosotros habíamos atacado el móvil y que pertenecíamos a la agrupación Quebracho. Y tergiversó varios hechos más, diciendo que habíamos herido a un oficial, agredido un móvil, todas cosas que no ocurrieron y él desconoce por completo ya que no se encontraba en el lugar hasta bien entrada la noche.
Alrededor de las 00.30 hs fuimos liberados, previo haber ido al forense que no nos dejó ver el informe realizado y luego de que se nos comunicara una imputación por resistencia a la autoridad y lesiones leves."
Sergio Job
Alrededor de las 19.45 hs. del día miércoles 11 de noviembre, me encontraba junto a otras varios compañeros y compañeras más en una asamblea en el barrio Güemes, donde estábamos definiendo los pasos a seguir para denunciar los reiterados abusos policiales que estaban sufriendo varios vecinos y vecinas. Mientras la mayoría nos encontrábamos en el terreno donde se está construyendo el centro comunitario, dos compañeros estaban afuera arreglando una bicicleta. En la asamblea se decide que busquemos una computadora para escribir un volante, entonces salimos dos compañeros a buscar una computadora portátil, mientras un tercero sale junto a nosotros rumbo al quiosco a comprar pilas para grabar unos audios, ya que el compañero trabaja de periodista en un radio.
En el momento en que salimos, un móvil que venía por la calle Laprida en sentido oeste-este, nos cruza el auto subiendo su rueda delantera izquierda a la vereda. Del mismo descienden dos policías que, de manera violenta y prepotente nos ordenan ponernos contra la pared a todos, con las piernas abiertas y las manos contra la pared. En ese momento, todos los compañeros obedecen y lo hacen, mientras que yo, en mi carácter de abogado, trato de dialogar con los policías. Me presento, doy mi nombre y les digo que soy abogado, les pregunto de manera muy tranquila, la razón del operativo (es importante señalar que seguían llegando móviles), y ante el mal trato que estábamos recibiendo, les pido que se identifiquen a los dos oficiales que primero bajaron. Aunque parezca lo contrario, dado lo tenso de la situación, el diálogo que yo estaba intentando realizar era muy tranquilo. Es importante destacar, que desde hace 3 años soy abogado de la Coordinadora Antirrepresiva por los Derechos Humanos, y eso implica que he tenido que lidiar con estas situaciones varias decenas de veces, y tengo bien claro que no es con gritos ni con malos tratos como mejor se solucionan estos problemas de abuso. Con esto quiero que quede bien en claro que en ningún momento se agredió a ningún oficial o móvil policial, y que en todo momento el intento fue el de tener un diálogo tranquilo, firme ante el atropello a derechos constitucionales básicos, pero tranquilo.
El policía insistía en que obedeciera y me callara, gritándome que él no tenía nada que responderme, que quién me creía yo para pedir sus nombres, a medida que iba elevando su voz. En determinado momento, ambos oficiales del móvil 5285, estaban gritándome, y en el momento en que le dije que me iba a poner contra la pared si me decían la razón, uno de los oficiales, directamente me respondió con un golpe en el pecho, sacó el palo telescópico y me propinó otro golpe, esta vez en la mano derecha. A esta altura ya había numerosos testigos que pueden dar fe de lo descrito, no sólo compañeros y compañeras de la organización, sino vecinos y vecinas que iban saliendo de sus casas. El número de móviles a esta altura era de 4. En ese momento, ante lo tenso que se había vuelto la situación, decido acceder a ponerme contra la pared. Así trascurren los minutos sin que los policías hagan nada, mientras más y más gente se juntaba a observar lo que sucedía. En ese momento, me volteo para decirle que por qué no procedía a la revisación si era un control de rutina. La respuesta que recibo, es que ellos lo harían cuando quisieran, que era su operativo y no el mío. Le respondo que si quiere revisarnos que lo haga y nos deje ir. Ante esto, se acerca el oficial y me empieza a decir que abra las piernas, a medida que me pateaba cada vez más fuerte los tobillos y piernas y me apretaba en cuello con la mano. Cuando ya no podía sostenerme en pie si seguía abriendo las piernas, me ordenó que saque las manos de la pared, lo que implicaba que me cayera al suelo. Como le dije que no podía, me las sacó él, haciendo que me vaya de frente contra el portón de metal sobre el que estaba apoyado, y comenzó a retorcerme la mano izquierda hasta inmovilizarme, otro oficial me tomó la mano derecha y en un momento tenía puestas las esposas de manera invertida, como suelen hacer para lastimar a los detenidos. Ahí comenzaron a pegarme en la espalda y la cabeza, mientras me llevaban hacia el móvil.
En ese momento, comienzan a intentar llevarse a más compañeros y se genera un tumulto donde los agentes policiales comienzan a pegar a diestra y siniestra, y comienza una caza de brujas, en ese preciso momento llega un quinto móvil, de donde descienden 2 agentes, uno de los cuales comienza a disparar, realizando 2 disparos al aire y luego 2 contra el portón donde se encontraban los compañeros y compañeras. El número de los móviles intervinientes en el operativo fueron: 5285, 5497, 5406, 5503 y 5299, y tenemos en nuestro poder los cartuchos de los disparos. A todo esto, a mi me estaban “ingresando” al móvil 5285, mientras el oficial me insultaba y me decía “agachá la cabeza que te vas a golpear”, y me levantaba la cabeza y me la daba contra el borde del marco del automóvil, para repetirme nuevamente “te dije, que agaches la cabeza que te ibas a golpear” y volvía a repetir la operación, tres veces igual. Una vez arriba del móvil, me comienza a dar rodillazos en el costado derecho de las costillas. Al instante, veo que entran al terreno y sustraen desde ahí a otro compañero, a Martín Gómez, y lo ingresan al móvil en que yo estaba con el mismo procedimiento de golpes en el marco del móvil policial. En otro móvil suben a dos compañeros más.
Mientras todo sucedía, el oficial que me había golpeado me decía “ahora sos mío, vamos a ver si sos leoncito ahora, putito, vas a aprender quien manda acá”, “quién mierda te pensás que sos”, “ahora vas a ver putito”, “abogado de derechos humanos, te voy a dar, a mi qué mierda me importa eso, acá mando yo hijo de puta”. Entre muchos otros insultos.
En el momento en que el oficial sube al móvil, lo hace golpeándome e insultándome. En el camino por Laprida hacia la comisaría décima, fue todo el camino, una vez que cruzó Cañada, despacio y con una mano sostenía el volante y con la mano derecha me golpeaba en la cabeza y seguía repitiendo las mismas frases. Yo todavía con cierta tranquilidad le dije “maestro, lo único que te dije es que soy abogado y estoy defendiendo mis derechos” ante lo cual la respuesta fue “quién te dio confianza para decirme maestro, ¿ahora sos mi amigo? Putito” y comenzó a golpearme más fuerte aún. Mientras me decía que ahora iba a aprender, que él mandaba en la calle, “abogado de derechos humanos, te voy a dar a vos, qué mierda me importa, putito, ahora vamos a ver quién es macho, a ver si sos leoncito”. Todo el camino fue golpeándome en la nuca, el cuello y la cara a golpe de puños. Una vez en la comisaría, bajó, dio la vuelta y me abrió para que bajara y comenzó a darme rodillazos en la cara, costillas, brazo, todo del lado derecho. Me bajó y en la misma vereda me propinó algunos rodillazos más en el estómago, y me entró rápido camino a las celdas.
En lugar de dejarnos en las celdas, a los cuatro nos metieron en una salita que está ubicada a mano derecha previa a la celda y ahí comenzó una golpiza, que según pudimos reconstruir después, duró aproximadamente, entre 30 y 40 minutos, momento en que algunos compañeros, compañeras y vecinos se hicieron presentes en la comisaría. En ese tiempo, recibimos golpes y amenazas, sobre todo del oficial que realizó la detención, mientras otros 6 policías miraban callados la golpiza y las amenazas. Sobre todo a Martín y a mí, nos golpeó sin parar todo ese tiempo. En mi caso recibí golpes de puño en la cara, en la nuca, en la cabeza, en la espalda y en las costillas. Insultos y amenazas de todo tipo. Me preguntaba “¿qué vas a hacer la próxima vez que un oficial te de una orden? ¿vas a abrir la boca o vas a obedecer?”, como yo no contestaba, comenzaba otra secuencia interminable de golpes de todo tipo, “respondeme putito, ¡¿vas a obedecer?!” y volvían las piñas, “¡¿vas a obedecer, si o no?!”, y cuando le dije un escueto sí, me dijo, “ahhh, viste como la gente aprende así, viste quién manda”. Cada vez que dejaba de pegarme a mí, se iba a pegarle a algún otro compañero, ante lo cual yo levantaba la vista y me volteaba, lo que implicaba que me mirara y dijera, “¡¿qué mirás puto?!, quién te dijo que mirés”, momento en que volvía rápidamente a golpearme. En una de esas veces, me dijo “¡¿querés mirar?!, ¡date vuelta entonces!” y me puso frente a él, me agarró la mandíbula y me decía “¿querés mirar?, bueno, mirá, mirá bien esta carita, recordala, porque cuando me cruces en la calle voy a ver si aprendiste, vas a ver ahí quien manda, vos andás por la zona y yo también, acordate bien esta carita porque te voy a recordar quién manda cada vez que te cruce”, y cuando terminó de decir eso me tiró un cabezazo a la nariz, yo me retiré para atrás, razón por la que erró el cabezazo, lo que lo hizo enfurecer más, me trajo de la remera y comenzó a golpearme con rodillazos al estómago y trompadas a la cara, cabeza y nuca.
Me volvían a “mi lugar” frente a un pueblecito roto de madera de pino, y cada 5 o 10 minutos, estimo, venía algún oficial y me apretaba más las esposas y me decía “¿así está bien?”, hasta el punto que ya no podían apretarla más, y por eso todas las marcas y moretones en las muñecas. Mientras a Martín Gómez, que lo tenía en un rincón que se forma entre una heladera y la pared, le dijeron que se desnude entre medio de golpes, y a ambos, nos daban la cabeza contra la pared. Así nos tuvieron un buen rato, hasta que en un momento lo retiraron al oficial, y vino el sargento a pedirnos nuestras pertenencias, los cordones, y demás y nos preguntó qué estudiábamos. “¿Por qué generan esto chicos?” nos atinó a decir, ante lo que explicamos que no hicimos más que preguntar por sus nombres y la razón del operativo.
Ahí nos entraron a la misma celda a los dos menores y a los dos mayores, todos juntos, durante un rato largo, mientras ya desde afuera se escuchaban los bombos y cánticos de los compañeros y compañeras, momento en que entendimos por qué habían dejado de pegarnos. Una vez en la celda, cuando me tomaban los datos, un policía se acerca y me dice, “¿de donde sos vos?” a lo que respondo que de Córdoba, pero me había criado en Río Gallegos, entonces me responde “mirá, la policía de Córdoba somos distinta al del resto del país ¿entendés? Acá hay cosas que no funcionan, acá la cosa es distinta, aprendelo”.
Luego de eso, ya con mucha gente en la calle y varios abogados y abogadas presentes, profesores de la Universidad Nacional y Universidad Católica de Córdoba en las que soy parte de cátedras desde hace 3 años, algunos y algunas legisladores de distintos bloques, periodistas de varios medios y gente de las secretarias de derechos humanos de provincia y municipio, los tratos cambiaron, la prepotencia dejo paso a las explicaciones y al trato tranquilo.
Los nervios entre los policías fueron subiendo, y ya comenzaron a gritarse entre ellos. A todo esto, el oficial que más nos había golpeado se había retirado al poco tiempo en que lo sacaron de donde nos estaba pegando. Cada tanto venía un policía y nos decía algo “¿a quién tenemos preso acá, al porteño Luci que hay tanto abogados?”, “¿quienés son ustedes que hay tanta gente?”, y expresiones por el estilo.
El comisario frente a abogados quiso decir que los malos tratos habían sido fuera de la comisaría ante lo cual nosotros le aclaramos que era mentira, lo que excusó diciendo que él no estaba, pero que desde que él había llegado no había habido más malos tratos. Luego el jefe de distrito dijo por teléfono que nosotros habíamos atacado el móvil y que pertenecíamos a la agrupación Quebracho. Y tergiversó varios hechos más, diciendo que habíamos herido a un oficial, agredido un móvil, todas cosas que no ocurrieron y él desconoce por completo ya que no se encontraba en el lugar hasta bien entrada la noche.
Alrededor de las 00.30 hs fuimos liberados, previo haber ido al forense que no nos dejó ver el informe realizado y luego de que se nos comunicara una imputación por resistencia a la autoridad y lesiones leves."
Sergio Job



